jueves, 20 de agosto de 2026

La batalla de Santa Cruz, la derrota que Nelson nunca olvidó

Batalla Santa Cruz
Batalla Santa Cruz

En julio de 1797, una poderosa escuadra británica intentó conquistar Santa Cruz de Tenerife. Frente a ella encontró una defensa organizada, unas milicias decididas y una población dispuesta a proteger la isla. El ataque terminó convirtiéndose en uno de los mayores fracasos de Horatio Nelson.

La madrugada del 25 de julio de 1797, Santa Cruz de Tenerife se convirtió en el escenario de una batalla que marcaría para siempre la historia de Canarias.

Una escuadra británica dirigida por el contraalmirante Horatio Nelson trató de apoderarse del puerto y abrir una posición estratégica en el Atlántico. El plan parecía contar con todos los elementos necesarios para triunfar: barcos de guerra, miles de hombres, abundante artillería y uno de los mandos navales más audaces de su tiempo.

Sin embargo, los británicos se encontraron con algo que no habían calculado correctamente: la capacidad de resistencia de los defensores, el conocimiento del terreno y la inteligencia militar del comandante general de Canarias, Antonio Gutiérrez de Otero.

Después de varios intentos fallidos de desembarco, Nelson resultó gravemente herido y las tropas británicas que consiguieron entrar en la ciudad terminaron rodeadas. La expedición tuvo que negociar su retirada.

Canarias, una posición estratégica en el Atlántico

A finales del siglo XVIII, España y Gran Bretaña se encontraban nuevamente enfrentadas. El dominio de las rutas marítimas era fundamental para ambas potencias, especialmente por la circulación de mercancías, tropas y metales preciosos entre Europa y América.

El 14 de febrero de 1797, la flota británica había derrotado a la española en la batalla del cabo de San Vicente. Después de aquel enfrentamiento, los británicos bloquearon Cádiz e intentaron debilitar la capacidad naval española.

En ese contexto, Santa Cruz de Tenerife adquiría un enorme valor estratégico. Su conquista podía facilitar el control británico de las comunicaciones atlánticas y proporcionar a la Royal Navy una base privilegiada en las islas Canarias.

Además, circulaban informaciones sobre la posible llegada al puerto tinerfeño de barcos procedentes de América con mercancías y caudales de la Corona española. La combinación de interés militar y beneficio económico convirtió Santa Cruz en un objetivo especialmente atractivo.

Nelson ya había planteado la operación meses antes. Tras recibir la autorización del almirante John Jervis, partió hacia Tenerife dispuesto a tomar el puerto mediante un ataque rápido y sorpresivo.

Una poderosa escuadra frente a una defensa desigual

La fuerza británica estaba formada por varios navíos de línea y fragatas, entre ellos el HMS Theseus, buque insignia de Nelson, el Culloden, el Zealous, el Leander, el Seahorse, el Emerald y el Terpsichore. También participaron el cúter Fox y una bombarda.

En conjunto, la expedición reunía varios miles de marineros y soldados, además de una considerable potencia artillera.

Frente a esta fuerza, Santa Cruz disponía de una defensa mucho más modesta. La guarnición estaba integrada por soldados profesionales, artilleros, milicianos procedentes de diferentes lugares de Tenerife, marineros franceses y numerosos vecinos.

Muchos de aquellos milicianos eran hombres sin una amplia formación militar. Sin embargo, conocían el terreno, estaban acostumbrados a las condiciones de la isla y tenían una poderosa motivación: defender sus hogares.

Al frente de todos ellos se encontraba Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana, un militar veterano que había participado en diferentes campañas y que contaba con una larga experiencia frente a los británicos.

Gutiérrez llevaba tiempo sospechando que podía producirse un ataque. Algunos buques ingleses habían reconocido las costas de Tenerife y la situación internacional hacía pensar que Canarias podía convertirse en objetivo de una expedición enemiga.

Por ese motivo, reforzó la vigilancia, distribuyó cuidadosamente sus escasos efectivos y preparó las baterías que protegían Santa Cruz.

Primer intento: la sorpresa que no llegó

El primer movimiento británico se produjo durante la madrugada del 22 de julio.

Una treintena de lanchas, con cerca de un millar de hombres al mando del capitán Thomas Troubridge, trató de aproximarse a la costa aprovechando la oscuridad.

El plan dependía del efecto sorpresa, pero las corrientes, el viento y el desconocimiento del litoral dificultaron la navegación. Al amanecer, las embarcaciones fueron descubiertas y quedaron expuestas al fuego de las defensas costeras.

La artillería del castillo de Paso Alto obligó a los británicos a retirarse.

El primer intento había fracasado antes de que las tropas pudieran establecer una cabeza de playa.

Segundo intento: atrapados en Valleseco

Nelson no renunció a la operación.

Horas después ordenó un nuevo desembarco en la zona del Bufadero. El objetivo era ocupar Paso Alto y utilizar aquella posición para bombardear Santa Cruz, mientras la infantería avanzaba por tierra.

Aunque una parte importante de las tropas consiguió llegar a la costa, el terreno jugó en su contra. Los británicos quedaron prácticamente encajonados en Valleseco, sin posibilidad de avanzar con rapidez.

Las dificultades del terreno, el fuego de la artillería y la presencia de los defensores en los accesos impidieron que las tropas británicas alcanzaran sus objetivos.

Después de soportar durante horas el calor y la falta de suministros, Troubridge ordenó la retirada.

Nelson había sufrido un segundo fracaso.

El ataque definitivo

Impaciente ante la falta de resultados, Nelson decidió cambiar completamente su estrategia.

En lugar de buscar otro punto de desembarco, ordenó un ataque directo contra el corazón de Santa Cruz. El objetivo principal era el castillo de San Cristóbal, donde se encontraba el puesto de mando del general Gutiérrez.

La noche del 24 de julio, cientos de soldados y marineros británicos se distribuyeron en lanchas. El propio Nelson encabezaría la operación.

Las embarcaciones avanzaron en silencio, con los remos protegidos para reducir el ruido. Los británicos confiaban en aproximarse a tierra sin ser descubiertos.

Pero Gutiérrez también había previsto esa posibilidad. Las tropas españolas, las milicias y las baterías costeras estaban preparadas.

Hacia la una y media de la madrugada del 25 de julio, los centinelas detectaron las embarcaciones. En pocos instantes, las baterías del muelle y las fortificaciones de San Cristóbal, Santo Domingo, San Pedro, Paso Alto, San Telmo y La Concepción abrieron fuego.

La formación británica quedó dispersada.

El cúter Fox, cargado de soldados, armas y municiones, fue alcanzado y se hundió. Muchos de sus ocupantes murieron ahogados.

A pesar del intenso fuego, varios grupos consiguieron alcanzar diferentes puntos de la costa e internarse en Santa Cruz. Sin embargo, lo hicieron separados, desorientados y con dificultades para comunicarse entre sí.

La herida de Nelson

Nelson se aproximó a la zona de la Alameda al frente de una de las unidades de desembarco.

Cuando se disponía a poner pie en tierra, recibió un impacto en el brazo derecho que le destrozó el hueso por encima del codo. Su hijastro, el teniente Josiah Nisbet, consiguió contener la hemorragia y ayudó a trasladarlo de regreso al Theseus.

El cirujano del barco no tuvo otra alternativa que amputarle el brazo.

La tradición tinerfeña atribuye la herida al célebre Cañón Tigre. No obstante, la naturaleza exacta del proyectil continúa siendo objeto de debate: algunas fuentes británicas mencionan una bala de mosquete o una pieza de metralla disparada como munición de artillería.

Por ello, resulta más prudente afirmar que Nelson fue herido durante el fuego defensivo desplegado desde las fortificaciones de Santa Cruz.

El Cañón Tigre, con independencia de esta discusión, se ha convertido en uno de los grandes símbolos históricos de la Gesta del 25 de Julio.

Combates en las calles de Santa Cruz

Mientras Nelson era evacuado, la lucha continuó dentro de la población.

Algunos británicos consiguieron ocupar temporalmente la batería del muelle e inutilizar parte de sus cañones. Otros trataron de acercarse al castillo de San Cristóbal, pero fueron rechazados.

Durante la madrugada se produjeron enfrentamientos en plazas, calles y callejones. Los defensores disparaban desde posiciones protegidas, esquinas, ventanas y azoteas.

En la resistencia participaron soldados profesionales, artilleros, milicianos y vecinos. Esta colaboración fue una de las claves de la victoria.

El capitán Troubridge consiguió alcanzar la plaza de la Pila —actual plaza de la Candelaria— y posteriormente se dirigió con sus hombres hacia el convento de Santo Domingo.

Allí se reunieron varios grupos británicos que habían logrado entrar en la ciudad.

Pero su situación era desesperada.

Se encontraban rodeados, aislados de la escuadra y sin posibilidad de recibir refuerzos. Los intentos enviados desde los barcos para auxiliarlos también fueron rechazados por la artillería española.

Una capitulación para evitar más muertes

Al comprobar que la operación había fracasado, los mandos británicos solicitaron negociar.

Antonio Gutiérrez podía haber exigido una rendición incondicional, pero prefirió evitar un derramamiento de sangre innecesario. Aceptó una capitulación honorable que permitía a los británicos regresar a sus barcos con sus armas, siempre que abandonaran el ataque.

El acuerdo se firmó durante la mañana del 25 de julio en el castillo de San Cristóbal.

Los británicos se comprometieron a no volver a atacar Tenerife y a transportar hasta Cádiz una carta en la que Gutiérrez comunicaba la victoria española.

Los defensores también atendieron a los heridos enemigos y colaboraron en el traslado de los soldados británicos hasta sus embarcaciones.

Aquel comportamiento sorprendió a Nelson, quien agradeció por escrito la humanidad y la generosidad mostradas por el general español. Incluso le envió un barril de cerveza y un queso como muestra de reconocimiento. Gutiérrez respondió obsequiándole con vino de Tenerife.

La carta que Nelson dirigió al general español fue una de las primeras que escribió con la mano izquierda después de perder el brazo. El documento se conserva actualmente en el Museo del Ejército.

¿Por qué fracasó Nelson?

La derrota británica no se debió a una sola causa. Fue el resultado de varios factores:

  • El desconocimiento de las corrientes y del litoral tinerfeño.

  • Las dificultades para coordinar un desembarco nocturno.

  • La dispersión de las embarcaciones durante el ataque.

  • La eficacia de las baterías costeras.

  • La resistencia conjunta de soldados, milicianos y población civil.

  • El conocimiento del terreno por parte de los defensores.

  • La capacidad de Antonio Gutiérrez para anticiparse a los movimientos enemigos.

  • La excesiva confianza de Nelson en una victoria rápida.

La expedición británica disponía de más barcos, hombres y artillería, pero los defensores aprovecharon mejor sus recursos y supieron convertir las características de Santa Cruz en una ventaja.

Los protagonistas de la Gesta

Antonio Gutiérrez de Otero

Comandante general de Canarias y responsable de organizar la defensa. Su experiencia militar, su serenidad y su capacidad para prever el ataque resultaron decisivas.

Horatio Nelson

Contraalmirante británico y uno de los marinos más importantes de la historia. En Tenerife sufrió una de sus derrotas más dolorosas y perdió el brazo derecho.

Las milicias canarias

Procedían de diferentes lugares de Tenerife y constituían una parte fundamental de la defensa. Aunque muchos de sus integrantes no eran soldados profesionales, demostraron una enorme capacidad de resistencia.

La población de Santa Cruz

Los vecinos ayudaron en el transporte de municiones, la atención a los heridos, la vigilancia y los combates. La victoria no perteneció únicamente al Ejército: fue también una victoria colectiva.

El legado de la batalla

La victoria del 25 de julio consolidó a Santa Cruz como una plaza capaz de defenderse frente a una de las armadas más poderosas del mundo.

En reconocimiento a su resistencia, la Corona concedió a Santa Cruz el título de Muy Leal, Noble e Invicta Villa, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. La tercera cabeza de león de su escudo recuerda la victoria sobre Nelson, después de otros dos intentos británicos ocurridos en siglos anteriores.

Cada año, Tenerife conmemora aquellos acontecimientos mediante la Recreación de la Gesta del 25 de Julio.

En el Centro de Interpretación del Castillo de San Cristóbal puede contemplarse el famoso Cañón Tigre, mientras que el Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias conserva banderas y otros testimonios relacionados con la batalla.

Mucho más que una derrota de Nelson

La batalla de Santa Cruz de Tenerife suele recordarse como el episodio en el que Nelson perdió un brazo. Sin embargo, su importancia histórica va mucho más allá de la herida sufrida por el marino británico.

Fue una victoria conseguida mediante la planificación, el conocimiento del territorio y la cooperación entre militares, milicianos y población civil. También fue un ejemplo de humanidad después del combate, cuando vencedores y vencidos dejaron las armas para atender a los heridos y negociar una retirada honorable.

Por eso, la Gesta del 25 de Julio continúa ocupando un lugar esencial en la memoria de Tenerife.

Aquella madrugada, Santa Cruz no solo rechazó a una poderosa escuadra británica. También demostró que la unión de todo un pueblo podía cambiar el desenlace de la historia.


Cronología esencial

  • 14 de febrero de 1797: batalla del cabo de San Vicente.

  • 15 de julio: la expedición británica parte hacia Tenerife.

  • 21–22 de julio: primer intento de desembarco.

  • 22–23 de julio: segundo intento en la zona del Bufadero y Valleseco.

  • Noche del 24 al 25 de julio: ataque directo contra Santa Cruz.

  • 25 de julio: Nelson resulta herido y los británicos negocian la capitulación.

  • 26 de julio: la expedición comienza a abandonar Tenerife.

Para saber más

La defensa de Tenerife y el intercambio de cartas entre sus protagonistas pueden consultarse en el Museo del Ejército. La perspectiva británica y los detalles sobre la herida de Nelson aparecen recogidos por el Royal Museums Greenwich. También puede ampliarse el contexto naval en el estudio publicado por la Revista de Historia Naval de la Armada Española.

miércoles, 21 de enero de 2026

21 de enero · Día Internacional del Abrazo

Donde habita el abrazo


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domingo, 29 de septiembre de 2024

La Batalla de Bailén (1808): La Primera Derrota de Napoleón en España

                    Batalla de Bailén

El 19 de julio de 1808, tuvo lugar la célebre Batalla de Bailén, en la que el ejército español, dirigido por el general Francisco Javier Castaños, derrotó a las fuerzas napoleónicas al mando del general Dupont. Este enfrentamiento, que ocurrió cerca de Despeñaperros, la entrada natural de Andalucía desde Castilla, marcó un hito en la Guerra de la Independencia Española.

A pesar de estar mal armados y escasamente entrenados, los soldados españoles lograron su primera gran victoria, lo que provocó la retirada de las tropas francesas de gran parte de la península. Esta batalla fue clave para aumentar la moral de la resistencia española y fortalecer la lucha por la independencia. Incluso, José I Bonaparte, hermano de Napoleón y entonces rey de España, se vio obligado a huir.

La Situación en España Antes de Bailén

Antes del estallido de la rebelión del 2 de mayo de 1808, Napoleón Bonaparte controlaba España, con la familia real como prisionera. El núcleo principal del ejército español estaba fuera del país, mientras que las tropas francesas ocupaban las principales plazas fuertes. Andalucía, parcialmente ocupada por Dupont, parecía ser el siguiente objetivo.

Dupont logró tomar Córdoba, pero su avance hacia el sur fue interrumpido cuando decidió retroceder hacia La Mancha, preocupado por la posibilidad de que los guerrilleros españoles le cortaran las líneas de suministro a través de Sierra Morena. Fue entonces cuando se encontró con el ejército español al mando del general Reding en la localidad de Bailén, dando lugar a una batalla que cambiaría el curso de la guerra.

La Batalla de Bailén: Un Enfrentamiento Estratégico

El 19 de julio de 1808, bajo un calor sofocante, los franceses lanzaron un ataque desesperado sobre Bailén, buscando eliminar a las fuerzas españolas antes de que Castaños llegara con refuerzos. Sin embargo, las tropas españolas resistieron heroicamente. Uno de los aspectos más curiosos de esta batalla fue la participación de regimientos suizos en ambos bandos. Los mercenarios suizos, al encontrarse en el campo de batalla, se negaron a luchar entre ellos y se saludaron formalmente en lugar de dispararse.

A mediodía, con los franceses exhaustos por el calor, solicitaron una tregua. Sin embargo, Castaños llegó a Bailén con sus tropas y, gracias a una maniobra psicológica magistral, logró que Dupont y su ejército capitularan. Incluso las tropas francesas de Vedel, que acudían en ayuda de Dupont, quedaron atrapadas en una situación sin salida, obligándolas también a rendirse.

Consecuencias de la Batalla de Bailén

Con esta victoria, Castaños capturó a 17,000 soldados franceses, incluidos miembros de la Vieja Guardia Imperial y el propio Dupont, quien fue encarcelado por Napoleón tras la derrota. La Batalla de Bailén fue el primer gran revés militar de Napoleón en Europa, lo que marcó el inicio de un conflicto largo y complejo que Napoleón llamó el "cenagal español".

Fuerteventura, 29 de Septiembre de 2024

miércoles, 22 de mayo de 2019

La Batalla de Rocroi y los Tercios Españoles


tercios_españoles

Hace 376 años, un 19 de mayo de 1643 tenía lugar la Batalla de Rocroi entre los Tercios Españoles y el ejército francés con balance negativo para los primeros.En Rocroi se presentaron dos poderosos ejércitos. Por un lado, el ejército francés al mando Luis II de Borbón-Condé, Duque de Enghien, compuesto por unos 23.000 soldados y el ejército español a las órdenes del portugués Francisco de Melo, capitán general de los tercios de Flandes, compuesto por aproximadamente 20.000 soldados. La batalla duró aproximadamente seis horas y comenzó al amanecer de aquel día, de aquel 19 de mayo. 

La batalla de Rocroi se ha presentado tradicionalmente como el declive de los Tercios Españoles y de la hegemonía española en Europa, sin embargo, la historia es muy caprichosa y a veces no es necesario agrandar la leyenda negra, sino que basta con analizar los libros y a los autores, y como se mostrará a continuación Rocroi no es el final de los Tercios ni mucho menos de la hegemonía española en Europa. 
Contexto histórico
La batalla de Rocroi no puede ser entendida sin su contexto histórico más cercano, la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648). En este sentido, la Monarquía Hispánica todavía mandaba sobre el orbe y no pocos eran los enemigos directos que querían acabar con su hegemonía. La Guerra de los 80 Años en un primer momento se conoció como la guerra de Flandes para los españoles o Guerra de la Independencia para los holandeses. Sin embargo, España luchaba no solo contra las Provincias Unidas de los Países Bajos sino también contra las demás potencias en lo que se conoció como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) sobre todo contra Francia e Inglaterra y demás naciones que se involucraron viendo una posibilidad de llevarse su trozo del pastel a costa de estas guerras.
Así, España se desangraba en una guerra que parecía infinita mientras los recursos económicos comenzaban a escasear. Ante esta situación, España entró en guerra abierta con Francia en la que su frente principal se trasladó a la frontera entre ambas naciones. Todo ello mientras España sufría la Crisis interna de 1640, que casi le cuesta la desintegración de la Monarquía Hispánica. En este sentido, durante 1640 estallaron sucesivas revueltas en Portugal y Cataluña, propiciadas en gran medida por las medidas político-económicas del Conde-duque de Olivares y que se vio agravada por la intromisión de la Francia del Cardenal Richellieu.
Para desquitarse de la presión francesa sobre los territorios del Franco Condado y Cataluña, España invadió el norte de Francia, junto a la frontera belga, sitiando la ciudad de Rocroi en las Ardenas. Con ello, desplazaría la atención francesa hacia aquella zona, descongestionando la situación que había en España. Esta maniobra había sido probada con anterioridad en 1641, sobre todo en Honnecourt y Lens en las que los galos salieron derrotados. Sin embargo, en esta ocasión, Melo se apresuró demasiado.
Enghien, alertado de las intenciones españolas, se dirigió rápidamente hacia Rocroi para romper su cerco y plantar batalla en campo abierto. Todo ello, mientras Melo y los Tercios esperaban la ayuda de unos 4.000 soldados de Juan de Beck, que, a marchas forzadas, venían desde Luxemburgo. 
LA BATALLA
La maltrecha y ajironada bandera blanca con el aspa roja se mantenía al viento, acribillada a balazos de plomo. Los franceses continuaban su escabechina, pero los españoles respondían vendiendo cara su piel. Era un 19 de mayo de aquel 1943 y los españoles resistían en aquel campo solitario.
Enghien contaba con 16.000 infantes y 7.000 jinetes (unos 23 000 hombres en total), según los autores, aparte de 12 piezas de artillería, mientras que Melo disponía de unos 22.000 hombres y 24 cañones, contando además con el refuerzo de Jean de Beck, que desde Luxemburgo vigilaba la frontera con unos 3.000 infantes (incluido el Tercio de Ávila) y 1.000 jinetes.
En este sentido, los españoles, intuyendo que los franceses irían a socorrer el fortín, formaron de manera clásica, es decir, con la infantería en el centro y la caballería a los lados disponiendo de artillería en el frente. No fue así, sin embargo, ya que los franceses, contra todo pronóstico, presentaron batalla y su disposición fue la misma que la de los españoles.
Los franceses se desplegaron con dos líneas de infantería en el centro, la caballería en cada lado de la infantería protegiendo los flancos, mientras disponían de una línea de artillería al frente. En el centro se ubicaba L´Hopital y comandando los flancos La Ferté por el izquierdo y Gassion por el derecho, mientras el marqués de Sirot aguardaba en la retaguardia.
En el bando imperial, los tercios españoles estaban en vanguardia, en primera línea de fuego, todo un privilegio que era codiciado por los españoles por ser estos tropas de elite. Tras ellos, los tercios italianos mientras que en la retaguardia se situaban los valones y alemanes, al mando del conde Paul-Bernard de Fontaine (general de 66 años al servicio de España). La distribución de la caballería se situaba también a ambos lados de la infantería. Así el ala derecha era dirigida por el conde de Isenburg mientras que la izquierda por el duque de Alburquerque. También delante de todos se situaba la artillería.
Durante los días anteriores a la batalla ambos ejércitos se situaban muy próximos. Sin embargo, según las crónicas, un desertor, quizá de origen francés, avisaría a Enghien sobre la inminente llegada de refuerzos españoles que dirigía Jean de Beck. Este hecho, provocaría que los franceses de madrugada, el 19 de mayo, atacasen a los españoles.
El cuadro español carecía de un orden disciplinado, como se ha visto otras veces, y esto fue aprovechado por Enghien que dispondrá el grueso de su caballería en el flanco izquierdo para envolver a las tropas españolas.
A pesar de ello, los franceses moverían ficha primero. El comienzo francés fue bastante deficiente pues al mismo tiempo se mandaron dos cargas de caballería francesa contra los flancos enemigos. Estas, fueron rechazadas por los españoles en ambas ocasiones y quedó bastante dañada. Tras ello, la caballería española se replegó, llegando a la primera línea francesa y consiguió capturar algún cañón enemigo. Aquí, relatan los autores que Melo perdió una gran oportunidad pues tras esta acción se podría haber decidido la batalla del lado español, sin embargo, Melo no envió a la infantería.
Por ello, Enghien consiguió reorganizarse y volvió a enviar a la caballería. Esta vez sí logró poner en retirada a los españoles. Con esta acción, se aniquiló a medio millar de arcabuceros que se situaban en un pequeño bosque. Estos fueron envueltos por el ataque francés de la caballería. Nuevamente, Fontaine ordenó que la infantería imperial mantuviera sus posiciones.
La caballería de Alburquerque logró avanzar y tuvo a un palmo a la artillería francesa en dos ocasiones. Lamentablemente, los jinetes de Gassion fueron ganando terreno y los de Alburquerque se vieron obligados a batirse en una desordenada retirada. Tras ello, los franceses chocarían con la infantería española que aguardaba en la vanguardia de ese flanco. Según los autores, aquí sucederá un terrible y sangriento combate, en el que perdieron la vida el conde de Fontaine y los comandantes de Tercio, el Conde de Villalba y Antonio de Velandia.
Melo, viendo el peligro, intentó reagrupar a la caballería del flanco izquierdo y a duras penas lo consiguió, pues esta se rehízo y cargó nuevamente contra los franceses. A pesar del esfuerzo, los franceses mandaron a la infantería en ayuda de su caballería y los de Alburquerque se tuvieron que dispersar otra vez.
Tras ello, los franceses cargarían acto seguido contra los tercios alemanes y valones que, al carecer de caballería que les apoyase, sufrieron grandes pérdidas.
La Ferté, por otro lado, desviaba su ala izquierda para evitar el barrizal y un pequeño lago, mientras se exponía a la caballería imperial de Isenburg, quien evidentemente aprovechó la ocasión y aplastó a la caballería de La Ferté, que aparte de recibir tres balazos cayó prisionero. Tras esto, la caballería de Isenburg siguió avanzando hasta la artillería francesa, la cual fue capturada. A pesar de todo, los españoles continuaban disparando con su artillería, 24 cañones, mientras los franceses carecían de ella.
Sin embargo, la batalla rápidamente cambiará de signo y la balanza se inclinará del lado francés. En este aspecto, Enghien toma el resto de la caballería francesa y atraviesa el centro del ejército de Francisco de Melo. Con ello, consiguió separar, por un lado, a la infantería de la caballería a la par que derrotaba a la caballería de Isenburg. 
Con esta acción, los tercios italianos comenzaron a retirarse, mientras los refuerzos no llegaban. La orden de Melo fue contundente, resistir. Pues aún mantenía la esperanza de que la infantería de refuerzo acudiera en seguida.
Mientras este caótico combate tomaba forma, los soldados de los cinco tercios españoles se reagruparon con la idea de no ceder ni un paso de terreno. Formaron un gran rectángulo de picas y consiguieron rechazar al enemigo durante las primeras cargas francesas. Cabe decir que estas dos primeras cargas de la caballería francesa fueron un contundente desastre que casi le cuesta la vida a Enghien. Sin embargo, los españoles se quedaron sin pólvora y en la tercera carga, los franceses lo percibieron. Los tercios, aun así, aguantaron otras tres cargas sucesivas, a pesar de que la caballería había abierto varias brechas en aquel cuadro de picas españolas.  La infantería francesa se aproximaba y había conseguido recuperar algún cañón. La situación era insostenible para los españoles, quienes resistían como jabatos sin ceder apenas nada.  Apenas quedaban dos tercios que recibían retales de los demás. Estaban maltrechos y moribundos, pero tras rechazar varias rendiciones honrosas seguían en pie. Según los expertos, se intentó negociar rendiciones honrosas con términos muy ventajosos para los españoles, un intento conveniente ya que los franceses temían la llegada de Beck.
La resistencia se mantendría durante un tiempo hasta que no quedó más remedio que aceptar la capitulación. Se acordó que aquellas “murallas humanas” que habían resistido con uñas y dientes salieran en libertad con sus banderas desplegadas y conservando sus armas.
Melo sobrevivió con apenas 3.000 infantes ya que unos 5.000 yacían muertos sobre aquellos campos de Rocroi, siendo la mitad de ellos españoles, mientras el resto había desertado o se encontraba prisionero. Además, se perdieron los 24 cañones y la tesorería del ejército que muchos autores cifran en 40.000 escudos. Sin embargo, no todo queda ahí. Las cifras de los franceses son también espeluznantes dejando unos 4.000 muertos. Esta batalla le costaría a Enghien algo más de un mes para poder recuperarse militarmente.
Tras Rocroi, España comienza a dar síntomas de debilidad, aunque sin embargo continuará firme hasta 1.700. Tristemente en Rocroi se perdió el grueso de la fuerza especial y veterana, los Tercios Viejos.
Repercusiones
La repercusión de esta derrota se debe a la historiografía extranjera, sobre todo a la francesa. Pues se ha venido afirmando que Rocroi marca el inicio del declive español y, sin embargo, no fue así. Los tercios aún mantuvieron un alto grado de eficacia y su aportación militar en las campañas contra Francia proporcionó algunas victorias significativas, como la de Valenciennes. Habría que situar el declive militar español en la batalla de Las Dunas en torno a 1658.
No hay que restar protagonismo a los tercios españoles en Rocroi ya que defendieron el terreno a muerte, cada palmo y cada centímetro mientras causaron unas 4.000 bajas a los franceses. Sin embargo, la historia, nuevamente caprichosa se ha cebado con nuestros hombres quitándoles protagonismo y eficacia en esta batalla y no fue así. Cierto es que la aureola de invencibilidad de los tercios ya no era la misma y que Francia comenzaba a abrirse paso en aquella Europa española.
Mientras Francia tomaba protagonismo con Luis XIV, España decaía en todos los frentes, y es por ello, quizá, que se haya tomado Rocroi en 1643 como el punto de inflexión en la historia de la Monarquía Hispánica y de los tercios. Aunque estos todavía darían mucho que hablar, sobre todo contra Francia a la que derrotan en Tuttlingen a finales de este mismo año. Sin embargo, Rocroi sirvió también para que España reconociese la Independencia de Holanda unos años más tarde.
La derrota de Rocroi se explica también por la crisis por la que atravesaba España en aquel momento, crisis internas, independencia de Portugal, guerra contra Holanda y Francia… El comercio en América comienza a ser explotado por Francia, Inglaterra y Holanda y España entra sucesivas bancarrotas. Además, Melo no calculó la repercusión de la batalla y no espero los refuerzos de Beck que venían de camino, mientras los franceses habían asimilado la forma de combate español y les hacían frente. Tampoco se fortificaron las zonas para poder retirarse ni se cubrieron los flancos por los que podrían atacar los franceses. Un error en el exceso de confianza que les costó la derrota frente al ejército francés que quedó boquiabierto mientras temblaba ante la defensa española.
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BIBLIOGRAFIA
ESPARZA, JOSE J., Tercios, La esfera de los libros, Madrid, 2017, pp. 331-338
VILLEGAS GONZALEZ, A., Hierro y plomo, glyphos, Valladolid, 2014, pp. 141-143
VV. AA., Grandes batallas españolas, Tikal, Madrid, 2013, pp. 141-145
VV. AA., Los Tercios saben morir, Ediciones Hoplon, Alicante, 2015, pp. 83-96
PELICULAS
DIAZ YANES, A. (Dir.), Alatriste, 20th Century Fox, 2006

Fuerteventura, 22 de Mayo de 2019

miércoles, 2 de enero de 2019

Guerra Civil Española, tregua de Navidad de 1936 en el monte Kalamua


Tregua Navidad Guerra Civil
La cantimplora, corre de mano en mano, entre requetés y milicianos – Foto Goñi

Hace ya tres años que escribí “Tregua de Navidad en la Primera Guerra Mundial¨, https://loscuadernosdehistoria.blogspot.com/2015/12/tregua-espontanea-en-el-frente.html . Un relato conmovedor, pero con protagonistas foráneos. Estos últimos años he buscado información sobre algún suceso similar ocurrido en nuestras fronteras y, después de mucho buscar, llegó a mis manos este maravilloso relato.

Aquel día nadie quería disparar sus armas en el monte Kalamua. Era Nochebuena y la nostalgia de casa, del pavo y el turrón, se había apoderado tanto de los milicianos apostados en su avanzadilla, como de los requetés que mantenían sus posiciones a apenas unos metros. Estaban tan cerca que los primeros veían sobre los sacos de arena los puntos rojos de las boinas carlistas. En este escenario fronterizo entre Vizcaya y Guipúzcoa se libraron cruentos combates durante la Guerra Civil, pero el 24 de diciembre de 1936 se vivió una escena que, en palabras de un testigo y protagonista del insólito encuentro, ya hubieran querido imaginar en Hollywood.
«A la mitad justa de los parapetos se encuentran los dos grupos. Milicianos y requetés se dan la mano y como si cambiaran ramos de flores en un torneo deportivo se han cruzado los periódicos. De los parapetos se vigilaba esta “operación” con emoción y curiosidad. Solamente en este intenso momento se ha dejado oír el ralenti de mi “Kodak” que traslada al celuloide una escena que hubieran envidiado los más sagaces productores americanos. Los cañones de las ametralladoras y de los fusiles han sacado sus ojos para contemplar también, en el mayor silencio, esta cordial coyuntura en el día de la Nochebuena, solemnizada con este motivo en los campos de batalla», escribió el socialista pamplonés José Goñi Urriza.
La fría mañana de diciembre se había desperezado con sol y cierta pereza en el «trabajo», según describió Goñi en el semanario socialista «La lucha de clases». Alguien gritó «no disparéis» y por unos momentos se respiró un aire de libertad. Los combatientes de uno y otro lado levantaron sus cabezas por encima de los parapetos y se sucedieron los diálogos de trinchera a trinchera en tono amistoso. Como muestra de confianza, los requetés se sentaron encima de sus defensas. Los milicianos les imitaron. Se alcanzó una cierta familiaridad, que una densa cortina de niebla al poco resquebrajó.
Con la falta de visibilidad, renació la desconfianza y de nuevo, unos y otros se resguardaron tras sus parapetos, con el fusil en el brazo, hasta que, a media mañana, las ráfagas de sol se abrieron paso entre la niebla. De nuevo frente a frente, Goñi rompió el silencio:
-«Requetéeeees…
-Quéeee…
-¿Hay algún navarro?
-Sí, casi todos
-¿Y alguno de Pamplona?
-Sí, muchos
-Os habla Goñi
-¿Quién, Pepe?
-Sí
-Aquí hay unos que te conocen».
Así comenzó una «interminable» conversación. Los milicianos ofrecieron a los requetés intercambiar sus periódicos. Tras unos momentos de vacilación, éstos contestaron que aún no habían recibido los suyos. Mientras seguían las conversaciones, dos requetés saltaron de pronto de sus parapetos y otros dos milicianos salieron de los suyos. También Goñi, que no pudo contener la curiosidad, saltó tras ellos.
Del insólito encuentro sacó al menos tres fotografías que salieron publicadas junto a su reportaje el 26 de diciembre. En ellas se ve a un grupo de requetés del Tercio de Lácar posando en la cumbre del Kalamua y entre ellos a los milicianos que salieron para canjear la prensa. O compartiendo el vino navarro de una cantimplora.
Varios de los requetés conocían a Goñi de Pamplona. «Allí todos nos mirábamos con recelo. Aquí, sin embargo, con los misiles preparados en cada uno de los parapetos, a treinta metros de donde nos hallamos, parece que estamos más tranquilos», escribió antes de describir a grandes rasgos sus conversaciones. Hablaron de Navarra, de la muerte de compañeros de Goñi y de la situación de Bilbao, constatando que las versiones sobre el avance de la guerra eran muy distinta en cada bando:
-«Aquí se dice que queríais un arreglo los rojos»
-«¿Nosotros? No, hombre, no. Esas son patrañas de Italia y Alemania que no saben cómo salir del atolladero en que se han metido. Nuestro Ejército está más fuerte y mejor pertrechado que nunca y dispuesto a daros una rotunda paliza el día menos pensado.»
Entre los requetés había algunos que iban a volver a Pamplona y que se ofrecieron a llevar una carta a la madre de Goñi, que él escribió enseguida para entregársela. Echaron un trago de vino, le obsequiaron con un puro y cambiaron cigarrillos.
Sin darse apenas cuenta, Goñi se encontró en un grupo de entre unos veinte requetés, a un paso de sus posiciones. «¡Y pensar que en Pamplona me hubieran fusilado como a un perro!», pensó este miliciano socialista achacando la ideología de estos muchachos del campo, a haber nacido en pueblos de solera carlista «donde merced a la intransigencia de los caciques carlistas y a la imbecilidad de gobernadores republicanos era casi imposible dejar oír la voz de nuestras ideas».
«A estos rapaces no tengo el menor inconveniente en estrecharles la mano en un “alto el fuego” en las trincheras», confesó en su escrito.
A mediodía, tras «un gran rato» juntos, milicianos y requetés regresaron a sus posiciones. En su despedida, «cordial como la de ellos», Goñi les aconsejó leer y meditar el discurso del presidente del Gobierno vasco, apelando a las creencias religiosas que compartían.
«Lentamente se alejan los requetés. Al verlos marchar se agolpan muchas ideas en mi cerebro. Tantas que para no armarme un lío sentimental, a cuenta de las crueldades de la guerra, acelero el paso para devorar la comida que, humeante y suculenta, me aguarda al otro lado de nuestras trincheras», concluyó el pamplonés que en 1937 fue designado secretario general de Industria del Gobierno provisional vasco.
El navarro Salvador Leyún fue uno de los voluntarios del Tercio de Lácar que fue testigo del intercambio en Kalamua. Tenía entonces 19 años y aquella escena se le quedó grabada para siempre en su memoria. Tanto, que medio siglo después se la relató al escritor Pablo Larraz para el libro sobre « Requetés» que escribió junto a Víctor Sierra-Sesúmaga, como uno de los «casos curiosos» que le tocó vivir durante la campaña de Guipúzcoa:
«Resultó que nuestro capitán, Ureta, que estaba más loco que una cabra, era muy amigo del capitán que estaba en el otro lado, de apellido Centeno, ya que los dos habían estado en la misma academia. Estando de posición en Kalamua empezaron a hablarse: “Centeno, oye, ¿qué tal si hacemos una cosa en esta tarde? Mira, vamos a proponer a los chicos sentarse en el parapeto, y yo respondo de que los míos no van a tirar un tiro, y hacemos intercambio de prensa”. El de los rojos aceptó, así que Ureta nos mandó: “Todos en el parapeto“. Y ellos hicieron lo mismo. “Ahora que salgan a mitad del camino cinco voluntarios de cada lado“, y salieron».
Leyún contaba que «se intercambiaron la prensa, echaron unos tragos de vino de una bota que llevaban unos y después de la de los otros».
«A mí aquello no me parecía bien, era un disparate, media hora después podíamos estar matándonos y esas cosas creaban desánimo y desconcierto entre la gente», confesaba el voluntario carlista, que le dijo a Ureta: «Mi capitán, después de esto, ¿no sería mejor que dejásemos esto y nos marcháramos todos, ellos y nosotros, cada uno a su casa?».
«Y me contestó: «pues sí, sería mejor… pero es que estamos en guerra».
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Fuerteventura, 24 de Diciembre de 2018